Un "te echo de menos", un "vuelve", un "voy a estar aquí... esperándote". Hay tantas frases que nos cambian la vida...
Esto sólo es una pequeña parte de una historia. La historia de mi vida.

lunes, 23 de abril de 2012

Era sábado, afuera hacía un frío de muerte. Estábamos en el sofá marrón, tapados con una manta. Yo me acurrucaba en el hueco de su brazo. Notaba en la mejilla la suavidad de su forro polar. Llevábamos dos horas sin movernos.
       Se puso a juguetear con un mechón de mi pelo.
          -¿Y sin nos quedamos aquí para siempre?
          -Puede que, con el tiempo tengamos que comer- repuse yo.
          -Encargaremos algo por teléfono.
          -Tendríamos que abrir la puerta.
          -Mis padres abrirán y nos traerán la comida.
          -¿Y qué pasa con el instituto?- pregunté mientras cerraba los ojos.
          -Estudiaremos en casa.
          -Igual mi madre se pregunta dónde estoy,
          -Le dices que nos fugamos para casarnos.
        Me eché a reír.
          -Le caes bien, pero no hasta ese punto.
        Me estrechó entre sus brazos.
          -¿Te lo imaginas?
        El corazón se me detuvo. Abrí los ojos.
          -¿Fugarnos para casarnos?
          - Sí.- se giró para mirarme-. Podría estar contigo todos los días. Aquí mismo. En el sofá. 
        Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Se sintió cálido. Seguro. Amado. Con el dedo recorrí la distancia entre su nariz y su barbilla.
          -Te quiero - dije. Una parte de mí sería capaz de hacerlo. De huir con él y casarse. Pero por otra parte... otra parte de mí se preguntó si realmente podía fiarme de alguien. Si alguien podía realmente fiarse de otra persona. Si todas las relaciones estaban condenadas al fracaso.
        Aunque a Noah no podía decírselo.
          -Pero... existe el pequeño inconveniente de que tenemos dieciséis años- señalé, tratando de aligerar el ambiente.
          -¿Y qué? - los ojos se le iluminaron-. Yo también te quiero. Por eso deberíamos dar el paso. ¡Sería divertido! ¡Emocionante!
          -Y también ilegal. Me parece que hay que tener dieciocho años para casarse -levanté las manos por encima de la cabeza y me estiré-. También tendríamos que salir del sofá.
        Apretó su palma extendida sobre la mía.
          -Apuesto a que conseguiríamos que un rabino viniera aquí.
          -No sé si podría casarme con unos legins. Quizá si fueran blancos en vez de negros...
          -De acuerdo -me besó en la frente-. Yo de verdad lo haría, ¿sabes?
        Me arrimé hacia la suavidad de su forro polar.
          -Yo también - murmuré, y no quise soltarle.
       

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